- Te odio.
- ¿Por que?
- Siempre estás ahí para recordarme lo que no puedo hacer.
- Pero tu puedes cambiarme, ¿lo sabías?
- Sí, y créeme que lo he intentado.
- No lo suficiente.
- ¿Que quieres que haga?
- Que sigas intentándolo, o que aprendas a aceptarme.
- No puedo aceptarte, lo intento cada minuto, pero cuando miro a los demás veo que me das... ¿asco?
- ¿Tu crees en el amor, verdad?
- Es de las pocas cosas de las que puedo estar seguro.
- Debes saber entonces, que hasta que no me aceptes no podrás querer a nadie.
- ¿Que tiene eso que ver?
- No puedes amar a nadie si te odias a ti mismo.
- Lo he hecho antes, me he enamorado, pero nunca te he aceptado. ¿Que diferencia hay ahora?
- Que has crecido. Has madurado parcialmente. Quieres relaciones auténticas, de las que le dan sentido a lo que haces, no solo se trata de no estar solo.
- Sí, ya se lo que quiero, no necesito que me lo recuerdes. Pero mientras sigas ahí recordándome mis diferencias no puedo.
- Ya te lo he dicho, acéptame o cámbiame, entonces tendrás lo que quieres.
- Es fácil decirlo, ahora déjame solo un rato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario