De un salto me pongo en pie, estiro las sábanas y agarro el pantalón y la guerrera del cabezal. En un par de minutos estoy listo y con las botas puestas para salir, otro día más.
El sol mañanero abruma, para variar, y las primeras gotas de sudor se deslizan por la frente. Agarro mis herramientas de trabajo y me dirijo a mi puesto, sin novedades, como siempre.
Las horas pasan y el astro ejecuta su baile perfecto por el horizonte, las sombras le acompañan con sus movimientos hipnóticos y milimétricamente calculados.
La gente camina por la acera, y los coches siguen su rutina de día sí y día también. Todo parece normal, una ciudad cualquiera, unos niños jugando a fútbol en un campo, los pájaros rondando los mercados en busca de comida fácil.
Todo normal, a excepción de los silbidos trazadores nocturnos, de los espectáculos pirotécnicos que los acompañan, y tierra y piedras saltando como simple espuma en una playa.
Otro día más, sin incidentes a destacar. Llego al teléfono, descuelgo y comienzo a marcar los números de siempre. Descuelgan al otro lado.
- "Hola, cariño, hoy sigo vivo. ¿Como estás?"
Cuelgo el teléfono y me tumbo, vestido, en la litera. Enciendo un cigarro y doy gracias. Gracias por seguir vivo, gracias por tener amigos en quien confiar, y gracias, porque haya alguien al otro lado del teléfono.
Domo arigato.
Domo arigato.
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